//Endulzando el oído del votante: Jorge Bettancourt

Endulzando el oído del votante: Jorge Bettancourt

Me estoy sobando las manos. Empezarán las campañas electorales y disfruto tanto ver a los políticos en terreno. Tomando la mano de cuanta mujer se cruza en frente, de cargar cuanto bebe regordete le ponen en su cara y apretando fuerte la mano de cualquier sombrerudo bigotón con aspecto de rancho.

En esos días, dejan a tras a los guardaespaldas o lo disimulan con ropas “normales” y que no se les vean que cargan pistolas, ¡para nada! ya una vez en el puesto estarán vistiendo su traje azul y con lentes Ray Ban. En los días de campaña, regalarán a diestra y siniestra camisetas XXL que nunca vestirás en la calle y solo usaras para dormir; quizás veras ya meses pasadas la elecciones vistiéndolas algún “viene viene” o un homeless, quienes como una imagen cruel de las promesas de los candidatos, se verán inocentes vistiendo la camiseta “del cambio” mientras ellos siguen igual de mal.

Los candidatos andan por las calles con sus camisas arremangadas, se visten informales, porque ellos “no son políticos tradicionales, ellos sí trabajan codo a codo con el pueblo, su equipo”. Se ven en sus caravanas, platicando muy amenamente con quienes los acompañan, quienes agitan sus banderas y visten camisetas con su nombre.

Si el candidato es de gusto de las féminas, ira a cuanta agrupación, sociedad, de mujeres y bailará, recibirá manoseos y propuestas de las electoras a las cuales saldrá del paso con alguna coqueta sonrisa, para luego subir a su auto y aplicarse gel antibacterial.

En esas idas a los barrios populares hará lo mismo que en todos, pero dejara a un lado el tema de impuestos, PIB, IPC y todas aquellas siglas que para ser conocidas necesitan haber terminado la prepa. En su recorrido, se dan el tiempo de pasar por cuanta casa los atiende, escuchan las historias de todos: el vecino que hace fiestas hasta tarde, que no tienen sus remedios en el hospital, que no hay áreas verdes, que hay una mujer de mal vivir, etc. Y  este candidato, muy atento sigue con su vista y  asentando con su cabeza, cada historia.

En las poblaciones hablaremos de trabajo, pavimentación, salud, vivienda y nos olvidemos sacarnos las fotos con las instructoras de zumba y sus alumnas que abrieron la ceremonia con sus bailes y pusieron a  mover a la gran mayoría que sufre sobre peso. De reojo nuestro candidato ve a una alumna de cuerpo celestial a la que después en privado le promete “apoyar” si vota por él y que le dé su número, para atenderla como “corresponde” con sus problemas, incluso, ofrecerle algún puesto en su quizás futura legislatura.

Para el pueblo no hay nada más tierno, con más compromiso que la mirada de un candidato, ¡cuantas palabras lindas no salen de su boca! Cuantas promesas de campañas, que generalmente se hilan con expresiones como: “llego el momento, necesitamos un cambio, porque ahora nos toca al pueblo, es la hora de avanzar, la gente manda… el pueblo manda, etc”.

Se sentirán estos aires en los próximos meses en Mexicali, los candidatos serán como hombres enamorados a los cuales no les importa prometer, bajar el cielo y las estrellas a su enamorada con tal de tener “aquello” que tanto buscan, su voto.

Me encanta los candidatos, cuando son eso “candidatos” porque ya en el poder, nunca más los ves caminando, tomando un camión o paseando por las colonias, para saber “como lo estoy haciendo”. Ahora ya su equipo de seguridad es evidente y la camisa arremangada da paso a un traje hecho a la medida, para marcar límites, una distancia con el hombre bigotón y sombrerudo de la pasada campaña. Ahora el bebé que cargó  en la polvorienta colonia, necesita un inhalador y la mamá soltera trabajadora de la maquila, ve la foto que se tomaron juntos y se va en busca del político, pero ya no lo encuentra, no sabe si le pasan los recados, deja cartas en la oficina, pero nada, su hija se sigue congestionada por el polvo, porque pasados unos meses, la calle aún no se pavimenta.

Solo recuerda el  ahora ex candidato mientras va en su ARMADA del año blindada que en esa colonia conoció a una “morrita”, mientras soba sus manos y recuerda esa piel tan tersa y libre de estrías.

 

Jorge bettancourt castro